Pertenezco a la generación del "botellón", esa en la que si decides no salir un viernes significa todo un agravio hacia tus compañeros de noche. Hombre, ya va siendo menos doloroso decir "No" a un plan de ese tipo -miradme... noche de viernes, ahora son las 2.30 am del sábado y aquí estoy, escribiendo para mi blog en vez de estar pillándome el pedo de la semana-, pero hace doce años, cuando empecé a salir, tenía que hacer verdaderos malabares para no contestar a mis profesores del colegio -¡los muy cabronazos llamaban a mi madre para chivarse!-, sacar buena nota en los controles semanales y, sobre todo y muy importante, que no me echaran de clase por "mal comportamiento". Así "me aseguraba" el fin de semana.
Recuerdo un día en clase con "la Resu", una profesora que tuve en primaria. Estábamos dando la leccion de las "etapas de la vida". El hombre nace, crece, se reproduce -si eso-, madura, envejece y muere. La profesora, en pleno ataque de osadía preguntó a toda la clase: "¿En qué fase de la vida estoy yo?" Teníamos que reponder: "Juventud", "madurez" o "vejez". Puedo asegurar que, ya en aquel momento, la buena mujer tenía canas, arrugas y una mala hostia que se materializaba con los tirones de pelo que nos propinaba. Mi voz, repondiendo "En-la-ve-jeeez", se oyó a contracorriente de una clase que contestaba al unísono, sin saber bien por qué coño: "En-la-ma-du-reeez". Inmediatamente "la Resu" llegó hasta mi pupitre con pasitos de vieja, me agarró de la oreja y completamente ofendida por mi arrebato de sinceridad me sacó del aula. Se "lió parda". No entendía el "pollo" que me estaban montando. Una vez más terminé en el despacho del señor Aragón, un obeso, adicto a la coca cola, cuya "lección estrella" en Ciencias de la Naturaleza eran los piojos y las ladillas -fue el único 10 que saqué en su asignatura- que ejercía en el colegio Calasancio como coordinador general. Era temible.
Yo era un chulo, pero sacaba buenas notas. Suficiente para que mi atareada mamá no pusiera impedimentos cuando la pedía permiso para ir a los "Futura", un local lleno de juegos recreativos en la plaza de Diego de León -cuando nos hubimos cansado de los "Futura" nos fuimos a los "Caña Park" en Manuel Becerra... Allí también viví grandes historias-, al final de Conde de Peñalver. Los recreativos eran sólo la primera fase de una tarde-noche llena de hazañas. Luego nos íbamos a la "RKO", la discoteca "light" de moda a finales de los 90, en la calle Fernández de los Ríos, distrito de Moncloa. Allí todavía no bebíamos, pero nos lo pasábamos "teta". Lo más divertido era pedir "rollo" a las chicas y llevarlas a la zona de "los caballitos". En la discoteca había una especie de carrusel, conocido popularmente como "la zona de rollo". ¿Quién no se acuerda de eso?
Mi vida nocturna, hasta que empecé la carrera, se trasladó al bulevar de Alonso Martínez. Allí nos llevábamos litros y litros, primero de calimocho y después de bebidas de alta graduación. Más adelante nos colábamos en los pub porque todavía no nos dejaban pasar. Por aquel entonces andaba saliendo con una chica que, a día de hoy, en su recuerdo ocupo el lugar de "un niño borracho a todas horas, vociferando por las calles, cayéndome por las esquinas y los capós de los coches y muy mal educado". No me jacto, pero así era yo.
Me ocurrieron muchas cosas, muchas anécdotas que quizá en otro post cuente porque suponen todo un ejercicio de memoria. Y ahí es donde yo quería ir a parar. Para no aburrir al lector me dejo en el tintero decenas de historias que forjaron un carácter, un modo de actuar, una historia y, en definitiva, una vida.
Tú, ya en la veintena, recuerda que no hace tanto tiempo un día empezaste a vivir y a cobrar conciencia de una realidad que, sin saber muy bien por qué, formaba parte de tus decisiones. Empezaste a tomar, vagamente, las riendas de tu tiempo. Alzaste la mirada y viste otras miradas, y te dabas cuenta de ello, percibías nuevos mundos, nuevas almas. Esas que te acompañaron en tu mejor juventud. Estuvieron contigo al "despertar" de la nube de la infancia. Tus pasiones, tus miedos, tus deseos empezaron a asomar con personalidad propia y unos años después forman parte de ti y los conoces, los aceptas y vives y vivirás con ellos. Los del 85 nos hemos hecho "grandes". A medio camino de un puente que separa el pasado y el futuro, no sé muy bien en cuál de las dos orillas debo posar mi mirada: si en el pasado de la mejor juventud, ya vivida, o en el futuro de los proyectos en el aire.
El puente es un presente de madurez. En realidad no sé si existe el futuro. La vida es sólo presente y pasado. Presente y pasado. El futuro es una quiniela, un brindis al sol, nada. Sólo en el presente se nos ensancha el corazón porque tus sentimientos son verdaderos. Es el poder del ahora. Crece, vive y olvida que te están condicionando a diseñar y a planificar tu vida por medio de hipotecas, trabajo y familia. Olvida las palabras de tu abuela cuando te dice que "tienes que ser un hombre de provecho", si por ello entiendes que has de dar la talla en cuestiones prefijadas de antemano, como estudiar, ganar dinero y casarte. Primero encuentra tu paz. Yo todavía la estoy buscando.









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